Y fue entonces cuando, sin mirarte, yo ya supe que me mirabas. Y más allá de solo verme, me observabas, retenías cada detalle en tu mente, sabiendo que ese pequeño tesoro te acompañaría durante mucho tiempo.
Sentía mi cuerpo debilitarse por momentos a causa de la tensión que me causaba saberte investigándome. Sentía tus ojos recorrer cada rincón de mi perfil, deteniéndose en cada pequeño defecto, para memorizarlo y adorarlo con detenimiento. Sentía el temblor en tus manos, ansiosas por estrangularme de pasión.
Sentía el calor que desprendías desde la prudencia de la distancia. La agonía que te envolvía al saber que no tenías entrada posible en mi mundo, un mundo del que tú mismo te habías borrado poco tiempo antes de ser consciente de que de mí dependía tu felicidad.
Sin mirarte lo supe todo. Sin casi rozarte, te sentí.
Tú sientes mi sonrisa incluso cuando no me ves.
Pero ni todo el oro del mundo basta.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario